martes, 9 de marzo de 2010

Demagogia del discurso y otros fenómenos naturales


Ayer nevó en Barcelona y para ser la costa levantina creedme que nevó bastante. Eso sí, lo de los coches con cadenas, el desalojo de universidades, puestos de trabajo y demás creo que era ligeramente exagerado. Ayer viendo como toda la oficina miraba embobada por las ventanas mientras caía la nieve y llamaba a sus familiares preguntándole que dónde estaban y que no se les ocurriese salir a la calle, me acordaba de los noruegos que se ponían a tomar el sol en ropa interior en cualquier lugar de la ciudad y nosotros nos reíamos. Que le vamos a hacer, nos creemos muy dignos hasta que nos sacan de nuestro contexto... en cuyo caso está perfectamente permitido comportarse como niños. La maravilla del proceso de legitimación social humano.

También pensaba en eso el otro día que fui a ver Avatar (sí, lo sé, yo tan gafapasta he caído en el cine de centro comercial, pero qué queréis, una es un bicho social). El caso es que la historia me sobraba mucho y por todas partes, pero no es de eso de lo quería hablaros. Lo que más gracia me hizo fue su espíritu anti-belicista pro-naturalista y blue-flower-power que le ha valido la admiración de tantas y tantas personas. Y me parece increíble que las mismas personas que justifican una guerra en Irak, o en Afganistán, o que van en coche todoterreno hasta a tirar la basura o que se agarran al bolso cuando se les sienta al lado un pakistaní, se sientan indignados por la exterminación de un árbol digital que pertenece a unos seres azules. Y así, una vez más tenemos a la figura del militar malo malote, mientras que pobre del que se atreva a criticar a nuestros muy gloriosos y valientes héroes nacionales que dan su vida por proporcionar leche en polvo a los más desfavorecidos. Y no nos entra ni pizca de remordimiento, ni cambia en lo más mínimo nuestro comportamiento.
¿Por qué? porque tenemos nuestro propio sistemas de legitimación a prueba de bombas. La violencia está mal, si bebes no conduzcas y usa preservativo. Pero luego nadie se lava los dientes después de cada comida y quien más quien menos cruza en rojo mientras les dice a sus hijos "Esto nunca lo hagas".
Pero vaya, que en realidad esta especie de bipolaridad colectiva no se limita sólo al público de a pie, y Avatar, la pobre, es casi más coherente que cualquiera de esas películas intelectualoides de cine de autor que a mí tanto me gustan. Porque, si no a santo de qué vamos todos a ver películas sobre la guerra de Irak y les damos Oscars, o Michael Moore sigue siendo más famoso que el tato, o mismamente disfrutamos como bellacos con Tarantino (y quien dice Tarantino dice Lars Von Trier, que es violento hasta que se te mete dentro).
Porque nos encanta. Somos como los personajes de Alicia en el País de las Maravillas, o bien como la Morsa o bien como el Carpintero, pero incapaces de determinar cuál de las dos actitudes nos parece peor. Y es que de vez en cuando la moral se nos escapa donde ni el remordimiento ni el sentimiento de culpa pueden alcanzarnos. Y menos mal.

--¡Qué amables habéis sido en venir!
iY qué ricas que sois todas!
Poco decía el carpintero, salvo
--¡Córtame otra rebanada de pan!,
Y ojalá no estuvieses tan sordo
que, ¡ya lo he tenido gue decir dos veces!

--¡Qué pena me da --exclamó la morsa--
haberles jugado esta faena!
¡Las hemos traído tan lejos
y trotaron tanto las pobres!
Mas el carpintero no decía nada, salvo
--¡Demasiada manteca has untado!

--¡Lloro por vosotras!- gemía la morsa.
--¡Cuánta pena me dais!-- seguía lamentando
y entre lágrimas y sollozos escogía
las de tamaño más apetecible;
restañaba con generoso pañuelo
esa riada de sentidos lagrimones.

--¡Oh, ostras!-- dijo al fin el carpintero.
--¡Qué buen paseo os hemos dado!,
¿os parece ahora que volvamos a casita?--
Pero nadie le respondía...
y esto sí que no tenía nada de extraño,
pues se las habían zampado todas.

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