

En fin. Yo sé que vosotros lo sabéis y sé que vosotros sabéis que yo sé que lo sabéis. Pero así y todo permitidme que os lo escriba en 1º persona:
HE SIDO ADMITIDA COMO ALUMNA EN EL CURSO SUPERIOR DE TEORÍA Y CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA
Esta es la
web de la que será mi escuela desde abril hasta julio: el increíblemente caro
Observatorio de Cine de Buenos Aires en Barcelona. Al lao de mi casa, eso sí, para ahorrar en trasporte.
Leyendo el programa se me sale una sonrisilla de orgullo mal contenido por la comisura de los labios porque me he leído un libro de Deleuze, porque conozco el cine de Griffith, porque en Noruega hice una asignatura de Tercer Cine... Y recuerdo haberlo disfrutado todo, así que espero que este nuevo curso aumente mi nivel de pedantería gafa-pastil hasta nuevos límites antes insospechados.
Y como todo es una cuestión de actitud pienso daros una pequeña muestra de mi pedantería "brindandoos" (más bien imponiéndoos, a mí más puro estilo "vas a flipar, nen") mis comentarios sobre las dos últimas películas que he ido a ver: Shutter Island y La cinta Blanca.
El público grita en la gradería, envases de palomitas de hectolitros, y la emoción que dan las ganas de sangre.
Shutter Island sale a la pista cubierto por una gran gabardina cincuentera. El público claramente le adora y gritan aún más fuerte al verle aparecer. Es normal, un director como Scorsesse no deja de ser un peso pesado. Se coloca en medio de la pista, muy seguro de sí mismo y levanta los brazos. Parece que va a sacar sus mejores armas. El show promete.
Por la puerta aparece La cinta Blanca, es más jóven, y gran parte del público no había oído hablar de él hasta hace unos meses. Pero ahora está pegando fuerte. Ha ganado todos los títulos que podía ganar, ha ido subiendo de categoría y ahora, por primera vez tiene un gran combate. Es valiente y orgulloso, aunque sólo una pequeña parte del público parece apoyarle.
Cada una en su esquina, potentes a su manera. Se apagan las luces y suena la campana. El combate ha comenzado.
Empiezan lento, como un baile, dándose vueltas, mirándose a los ojos, amagando puñetazos, midiéndose el uno al otro, alargando con placer la calma que precede a la tormenta.
Y de pronto, ahí está. El primer derechazo por parte de Shutter Island. La Cinta Blanca lo encaja con clase, intenta devolverlo, pero Shutter Island es rápido y tiene experiencia. Se zafa. La Cinta Blanca vuelve a la carga y esta vez acierta. Shutter se sorprende, pero reacciona rápido.
El combate empieza a crecer en intensidad. Shutter con estilo elegante y conseguido. Pelea como los clásicos, con esa especie de altivez tan atractiva. Cinta por su parte posee cierta capacidad innata que le permite estar a la altura. También se reconocen a grandes maestros clásicos detrás de cada movimiento, pero además transmite la inquietante sensación de que tiene mucho más de lo que muestra, quizás mucho más de lo que él mismo sabe.
El público a duras penas puede mantenerse sentado. Dos contrincantes tan igualados, la tensión no hace más que crecer y se respira en el aire que el combate hace rato que se ha salido de lo convencional. Es tanta la calidad y la química entre los rivales que puede pasar cualquier cosa, y el público teme y espera ese momento a partes iguales.
Y de pronto, cuando Shutter Island parecía invencible y Cinta Blanca estaba más agresivo que nunca.... Se separan súbitamente.
Tras una milésima de segundo en que los rivales se miran, asustados, y el público contiene la respiración, Shutter Island cae al suelo de rodillas y empieza a implorar perdón por haber sido tan malo y a preguntarle a su contrincante que si se encuentra mal, que no quería hacerle daño, que si necesita que le acompañe al médico...
La Cinta Blanca, por su parte, mira a derecha e izquierda, ve al público en las gradas fijos en él, y, presa de un pánico infantil camuflado en chulería, sale corriendo del cuadrilátero diciendo por lo bajo "ahí os quedáis, si no os ha gustado, no haber venido"
Así que el público se va a sus casas inquieto en el peor sentido de la palabra y, en la boca, además de sabor a palomitas, les ha quedado el amargo regusto de que les han tomado el pelo.
Y quien quiera entender, que entienda